La creación de Israel: un Estado diseñado como herramienta geopolítica

Introducción

El 14 de mayo de 1948, David Ben-Gurión proclamó la independencia del Estado de Israel. Aquella declaración, leída en el Museo de Tel Aviv, fue el broche de un proceso que había comenzado décadas atrás y que transformaría para siempre Oriente Medio. Pero lo que a menudo se presenta como el legítimo retorno del pueblo judío a su tierra ancestral fue también, desde sus orígenes, una operación geopolítica calculada. La creación de Israel no fue solo el triunfo del sionismo: fue una pieza más en el tablero del control global.

Para entenderlo, hay que remontarse a la Primera Guerra Mundial, cuando el Imperio otomano se desmoronaba y las potencias europeas se preparaban para repartirse sus restos. La Declaración Balfour de 1917, los acuerdos secretos Sykes-Picot y el posterior Mandato británico sobre Palestina sembraron las semillas de un Estado que nació bajo el signo del poder y la estrategia.

Los orígenes: la Declaración Balfour y el juego del Imperio británico

En noviembre de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el ministro de Exteriores británico Arthur Balfour envió una carta a Lord Lionel Walter Rothschild, líder de la comunidad judía británica. Eran solo 67 palabras, pero su peso histórico es incalculable:

«El Gobierno de Su Majestad ve con beneplácito el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la consecución de este objetivo, entendiéndose claramente que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina.»

La Declaración Balfour fue un movimiento estratégico del Imperio británico por varios motivos. Primero, Gran Bretaña necesitaba aliados en la guerra. El apoyo del lobby judío internacional, especialmente en Estados Unidos y Rusia, podía inclinar la balanza. Segundo, establecer un protectorado británico en Palestina bajo la apariencia de un «hogar nacional judío» permitía a Londres afianzar su control sobre el Canal de Suez y las rutas hacia la India, la joya de la corona del Imperio. Tercero, la declaración servía para contrarrestar las ambiciones francesas en la región, en un momento en que los acuerdos Sykes-Picot (1916) ya habían dividido Oriente Medio en esferas de influencia.

El problema —y no era menor— es que Palestina estaba habitada por una abrumadora mayoría árabe. En 1917, los judíos representaban aproximadamente el 10% de la población palestina. La promesa de Balfour ignoraba deliberadamente los derechos políticos de los palestinos, algo que el propio gobierno británico reconoció implícitamente en las contradictorias promesas que hizo simultáneamente a los árabes a través de la correspondencia con Hussein-McMahon (1915-1916).

Como señala Bertrand de Jouvenel en El Poder, el poder tiende a expandirse por naturaleza. Gran Bretaña no estaba ofreciendo un hogar al pueblo judío por altruismo: estaba expandiendo su influencia, utilizando el sionismo como caballo de Troya para establecer una presencia permanente en el corazón de Oriente Medio.

Del Mandato británico al plan de partición de la ONU

Tras la disolución del Imperio otomano, la Sociedad de Naciones otorgó a Gran Bretaña el Mandato sobre Palestina en 1922. El texto del Mandato incorporaba la Declaración Balfour, comprometiendo a Londres a facilitar la inmigración judía y el establecimiento del «hogar nacional». Durante los siguientes 25 años, la inmigración judía creció de forma constante, impulsada por el auge del nazismo en Europa y la persecución sistemática de los judíos.

La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto cambiaron drásticamente el contexto. La comunidad internacional, consternada por la magnitud del genocidio, veía con creciente simpatía la causa sionista. Pero también había intereses geopolíticos en juego: Estados Unidos emergía como la potencia hegemónica global y necesitaba aliados en Oriente Medio, especialmente en una región rica en petróleo.

En 1947, la recién creada Organización de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 181, conocida como el Plan de Partición de Palestina. Proponía dividir el territorio en dos Estados: uno judío y uno árabe, con Jerusalén bajo administración internacional. El plan otorgaba al Estado judío el 56% del territorio, a pesar de que la población judía representaba apenas un tercio del total y poseía solo el 7% de la tierra.

Los líderes sionistas aceptaron el plan. Los Estados árabes y los palestinos lo rechazaron. La desigualdad del reparto era evidente, y para la población palestina suponía la pérdida de su tierra y su patria en favor de una población mayoritariamente inmigrante.

1948: la Nakba y el nacimiento de Israel

El 14 de mayo de 1948, Gran Bretaña retiró su administración y Ben-Gurión proclamó el Estado de Israel. Al día siguiente, los ejércitos de Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak invadieron el nuevo Estado. Comenzaba la Guerra árabe-israelí de 1948.

El resultado militar fue una victoria aplastante de Israel. Bien organizado, pertrechado con armas checoslovacas y soviéticas (ambas potencias apoyaron inicialmente a Israel), y con una motivación feroz, el ejército israelí no solo repelió la invasión, sino que expandió sus fronteras más allá de lo establecido en el Plan de Partición. Al final de la guerra, Israel controlaba el 78% del territorio palestino.

Para los palestinos, aquellos meses fueron al-Nakba —«la catástrofe» en árabe—. Más de 700.000 palestinos fueron desplazados o huyeron de sus hogares. Centenares de aldeas fueron destruidas. Los que se quedaron se convirtieron en una minoría dentro del nuevo Estado, sometidos a un régimen militar hasta 1966.

Las Naciones Unidas cifraron en 726.000 los refugiados palestinos registrados por la UNRWA, una agencia creada específicamente para atenderlos. Muchos de ellos y sus descendientes —hoy más de 5 millones— continúan viviendo en campos de refugiados en Cisjordania, Gaza, Jordania, Líbano y Siria, sin que se haya aplicado la Resolución 194 de la ONU que reconoce su derecho al retorno.

La Nakba no fue un efecto colateral de la guerra: fue, como documentan historiadores como Ilan Pappé, parte de un plan sistemático de limpieza étnica. El Plan Dalet, ejecutado por las fuerzas sionistas entre marzo y mayo de 1948, establecía la expulsión de la población palestina de las zonas estratégicas asignadas al nuevo Estado.

El giro estadounidense: de la URSS a Washington

Uno de los aspectos menos conocidos de este proceso es el papel de la Unión Soviética. Stalin apoyó inicialmente la creación de Israel en 1947-1948, calculando que un Estado judío de orientación socialista —muchos de los fundadores del sionismo eran judíos laicos de Europa del Este— podría ser un aliado contra el imperialismo británico en Oriente Medio. La URSS fue el primer país en reconocer a Israel de iure, y a través de Checoslovaquia suministró armas cruciales durante la guerra de 1948.

Pero el cálculo soviético fracasó. Israel miró rápidamente hacia Occidente. El reconocimiento de Israel por parte del presidente Harry Truman —apenas 11 minutos después de la proclamación— marcó el inicio de una alianza que se convertiría en el pilar de la política estadounidense en Oriente Medio.

Desde entonces, Estados Unidos ha proporcionado a Israel más de 130.000 millones de dólares en ayuda bilateral, la mayor parte en asistencia militar. En 2025, el compromiso anual supera los 3.800 millones de dólares en ayuda militar, según el último memorando de entendimiento firmado en 2019. A cambio, Israel actúa como el vigilante armado de los intereses estadounidenses en la región: un puesto avanzado de Occidente en el mundo árabe, un cliente militar fiable y un laboratorio de pruebas para la industria armamentística.

Ya hemos explorado en artículos anteriores cómo el complejo militar-industrial utiliza la guerra permanente como negocio. La relación entre Estados Unidos e Israel es el ejemplo perfecto: la ayuda militar masiva no es caridad, es inversión en control regional.

1967: la Guerra de los Seis Días y la ocupación

Si 1948 fue el año de la creación, 1967 fue el de la consolidación expansionista. En seis días —del 5 al 10 de junio de 1967— Israel derrotó simultáneamente a Egipto, Jordania y Siria en una guerra relámpago que redefinió las fronteras de Oriente Medio.

El resultado fue la ocupación de:

  • Cisjordania (incluyendo Jerusalén Este), arrebatada a Jordania.
  • La Franja de Gaza, ocupada a Egipto.
  • Los Altos del Golán, territorio sirio estratégico.
  • La península del Sinaí, devuelta a Egipto tras los Acuerdos de Camp David en 1979.

La Guerra de los Seis Días multiplicó por tres el territorio bajo control israelí. La ocupación de Cisjordania y Gaza afectó a más de un millón de palestinos que quedaron bajo administración militar, una situación que se prolonga hasta hoy.

La respuesta de la comunidad internacional fue la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU, que exigía la «retirada del territorio ocupado» a cambio de paz. Medio siglo después, la resolución sigue sin cumplirse. Israel ha utilizado todos los mecanismos del poder —militares, diplomáticos, mediáticos— para perpetuar la ocupación mientras construía asentamientos ilegales en territorio ocupado, una estrategia de colonización progresiva que fragmenta Cisjordania y hace inviable la solución de dos Estados.

La creación de Israel como herramienta geopolítica

Analizado desde el marco de las 7 palancas de dominación de Pedro Baños, la creación de Israel y su mantenimiento como Estado se entiende como un ejercicio de control en múltiples dimensiones:

  • Palanca militar: Israel es la potencia militar más poderosa de Oriente Medio, sostenida por el apoyo armamentístico y diplomático de Estados Unidos. Su ejército es un disuasivo regional y un instrumento de control sobre los palestinos.
  • Palanca diplomática: Estados Unidos ha vetado más de 40 resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU condenando a Israel, desde la primera en 1972, protegiéndolo de cualquier sanción internacional efectiva.
  • Palanca mediática: La narrativa de «la única democracia de Oriente Medio» ha sido cuidadosamente cultivada para presentar a Israel como un baluarte occidental en una región hostil, ocultando al mismo tiempo la realidad de la ocupación y el apartheid.
  • Palanca económica: La ayuda militar masiva de Estados Unidos, los acuerdos de libre comercio y la integración de Israel en la economía global tecnológica lo convierten en un socio indispensable.

La creación de Israel encaja perfectamente en la teoría del poder de Jouvenel: el poder se expande por naturaleza, y las instituciones creadas bajo su influencia tienden a perpetuarse y acrecentarse. Israel no fue creado para ser un Estado pequeño y pacífico: fue diseñado, desde la Declaración Balfour, como una herramienta geopolítica para mantener el control occidental sobre Oriente Medio.

Como también exploramos en artículos anteriores sobre el control mediante el derecho y las sanciones, la legalidad internacional se ha utilizado selectivamente: exigente con los países que desafían el orden establecido, y flexible con los aliados estratégicos. En el caso de Israel, las resoluciones de la ONU, las opiniones consultivas de la Corte Internacional de Justicia y los informes de organizaciones de derechos humanos han sido sistemáticamente ignorados cuando chocan con los intereses geopolíticos.

Conexión con la serie Geopolítica del Control

Este artículo forma parte de la serie «Oriente Medio: El Tablero del Control», que explora cómo las potencias han utilizado la región para ejercer el poder global. Como vimos en el artículo introductorio Oriente Medio: el tablero del control —Petróleo, poder y el Gran Juego—, la región es el escenario donde todas las palancas de dominación se despliegan sin disimulo.

La creación de Israel es la primera pieza de este tablero: un Estado diseñado para ser bisagra entre continentes, guardián de rutas energéticas y punta de lanza de los intereses occidentales. Sin entender su origen geopolítico, no se puede entender el conflicto palestino-israelí, ni las guerras posteriores, ni la actual tensión con Irán.

Próximos artículos de la serie explorarán en profundidad Palestina: ocupación, asentamientos y el control del territorio, así como el petrodólar y el papel de líderes que desafiaron el sistema como Gadafi y Sadam Husein.

FAQ

¿Qué fue la Declaración Balfour y por qué fue importante?

La Declaración Balfour fue una carta de 1917 del ministro de Exteriores británico Arthur Balfour a Lord Rothschild, expresando el apoyo del gobierno británico al establecimiento de un «hogar nacional judío» en Palestina. Fue el primer respaldo de una potencia mundial al movimiento sionista y sentó las bases políticas para la creación de Israel treinta años después.

¿Qué fue la Nakba?

La Nakba —«catástrofe» en árabe— es el término con el que los palestinos recuerdan el desplazamiento forzado de más de 700.000 personas entre 1947 y 1949, durante la creación del Estado de Israel. Cientos de aldeas fueron destruidas y sus habitantes nunca pudieron regresar. Hoy, los refugiados palestinos y sus descendientes suman más de 5 millones.

¿Por qué Estados Unidos apoya tanto a Israel?

Estados Unidos considera a Israel un aliado estratégico clave en Oriente Medio. Le proporciona más de 3.800 millones de dólares anuales en ayuda militar, acceso a tecnología avanzada y respaldo diplomático en la ONU. A cambio, Israel actúa como un puesto avanzado de los intereses estadounidenses en una región volátil y rica en recursos energéticos.

¿Qué territorios ocupó Israel en la Guerra de los Seis Días de 1967?

Israel ocupó Cisjordania (incluyendo Jerusalén Este), la Franja de Gaza, los Altos del Golán (Siria) y la península del Sinaí (Egipto). El Sinaí fue devuelto a Egipto tras los Acuerdos de Camp David, pero el resto continúa ocupado, con millones de palestinos viviendo bajo administración militar israelí.

¿Cuál es la diferencia entre el Plan de Partición de la ONU de 1947 y las fronteras reales de Israel?

El Plan de Partición (Resolución 181) asignaba a Israel el 56% del territorio palestino. Tras la guerra de 1948, Israel controlaba el 78%. Tras la Guerra de los Seis Días de 1967, controlaba el 100% del territorio entre el Mediterráneo y el río Jordán, además de los Altos del Golán.

Conclusión

La creación de Israel no fue un acto aislado ni simplemente la culminación del sueño sionista. Fue el resultado de un cálculo geopolítico en el que el Imperio británico primero, y Estados Unidos después, utilizaron el proyecto sionista como herramienta para mantener el control sobre Oriente Medio. Como todas las herramientas geopolíticas, se creó para servir a unos intereses, y sus consecuencias —la Nakba, la ocupación, el conflicto permanente— son el precio que millones de personas han pagado en el tablero del poder global.

Entender el origen de Israel es entender cómo funciona el poder en el siglo XXI. Las mismas dinámicas de control —alianzas estratégicas, creación de Estados vasallos, apoyo militar incondicional, manipulación del derecho internacional— se repiten una y otra vez, porque el poder, como enseñó Jouvenel, siempre busca expandirse.

📚 Libros relacionados

  • La limpieza étnica de Palestina — Ilan Pappé
  • La invención del pueblo judío — Shlomo Sand
  • Palestina: de los acuerdos de Oslo al apartheid — Varios autores
  • El poder — Bertrand de Jouvenel
  • El dominio mundial — Pedro Baños