Introducción
La civilización industrial funciona con energía. Sin ella, no hay fábricas, ni transporte, ni internet, ni ejércitos, ni ciudades. Quien controla la energía controla, en última instancia, la capacidad de funcionamiento del mundo. Por eso, a lo largo del siglo XX y hasta nuestros días, la energía ha sido —y sigue siendo— una de las palancas de dominación más poderosas que existen.
Cuando Pedro Baños sistematizó sus 7 palancas de la dominación, la económica ocupaba un lugar central. Y dentro de ella, ningún recurso ha moldeado tanto la geopolítica global como el petróleo, seguido del gas natural y, cada vez más, los minerales críticos para la transición energética. Controlar estos recursos no es solo una cuestión de mercado: es una cuestión de poder, de soberanía y, en muchos casos, de vida o muerte para naciones enteras.
En este artículo exploramos cómo la geopolítica de la energía ha funcionado como palanca de control a lo largo de la historia, desde el nacimiento del petrodólar hasta las guerras del petróleo, pasando por el gas como arma política y la nueva carrera por los minerales del futuro.
La sangre del imperio: el petróleo y el siglo XX
A principios del siglo XX, la marina británica quemaba carbón. Pero en 1911, un joven Winston Churchill —entonces Primer Lord del Almirantazgo— tomó una decisión que cambiaría el curso de la historia: convertir la flota británica del carbón al petróleo. La decisión no fue técnica, sino estratégica. El petróleo daba mayor velocidad y autonomía, pero Gran Bretaña no tenía petróleo propio. La dependencia de Persia (actual Irán) nacía allí.
Aquel momento fue el germen de todo lo que vino después. El petróleo dejó de ser un simple combustible para convertirse en el eje de la geopolítica mundial. Como escribió el historiador Daniel Yergin en su obra clásica The Prize:
«El petróleo es el 80% de la geopolítica del siglo XX. El resto es todo lo demás.»
Desde entonces, acceder, controlar y asegurar las rutas del petróleo ha sido una obsesión de las potencias. La creación de la OPEP en 1960 por parte de los países productores fue el primer intento organizado de recuperar soberanía sobre un recurso que las compañías occidentales —las «Siete Hermanas»— controlaban casi por completo.
Las Siete Hermanas y el control corporativo
Antes de que los estados productores tomaran el control, el petróleo estaba en manos de un cartel de siete compañías occidentales: Standard Oil de Nueva Jersey (Exxon), Royal Dutch Shell, Anglo-Persian Oil Company (BP), Standard Oil de Nueva York (Mobil), Standard Oil de California (Chevron), Gulf Oil y Texaco. Estas empresas no solo controlaban la extracción, sino también la refinación, el transporte y la distribución. Decidían qué se producía, a qué precio y hacia dónde iba.
Ese modelo de control corporativo —en el que las empresas actuaban como prolongación de los intereses de sus países de origen— marcó gran parte del siglo XX. La nacionalización del petróleo iraní por Mossadegh en 1953, derrocado por un golpe de Estado orquestado por la CIA y el MI6, fue el primer gran choque entre la soberanía de los recursos y el poder occidental.
El embargo de 1973: cuando el petróleo se convirtió en arma
El momento en que la energía se mostró abiertamente como arma geopolítica fue la crisis de 1973. En plena guerra del Yom Kipur, los países árabes miembros de la OPEP declararon un embargo petrolero contra Estados Unidos y los países que apoyaban a Israel. El precio del crudo se cuadruplicó en cuestión de meses. Las colas en las gasolineras de Occidente se convirtieron en la imagen de una nueva vulnerabilidad.
El embargo de 1973 demostró algo que hasta entonces solo se intuía: los países productores podían usar el petróleo como arma política. La economía global, dependiente del crudo, quedó rehén de decisiones tomadas en Oriente Medio. Aquel shock petrolero desencadenó una crisis económica mundial, disparó la inflación y reconfiguró el equilibrio de poder.
Fue también el momento en que Henry Kissinger, Secretario de Estado de Nixon, puso en marcha una de las jugadas geopolíticas más brillantes del siglo XX: la creación del sistema del petrodólar.
El petrodólar: el pacto que sostiene el imperio
En 1971, Richard Nixon había roto la convertibilidad del dólar en oro —el llamado Nixon shock—, dejando a la moneda estadounidense sin respaldo físico. El mundo necesitaba una nueva ancla para el sistema monetario internacional. Kissinger encontró la solución en el petróleo.
El acuerdo secreto con Arabia Saudí fue simple en su formulación y colosal en sus consecuencias: Estados Unidos garantizaría la protección militar de la monarquía saudí y, a cambio, Arabia Saudí vendería todo su petróleo en dólares e invertiría sus excedentes en bonos del Tesoro estadounidense. El resto de la OPEP siguió el ejemplo.
El resultado fue el petrodólar: una arquitectura financiera en la que todo país del mundo necesita dólares para comprar petróleo, lo que genera una demanda artificial y permanente de la moneda estadounidense. Como explicamos en nuestro artículo sobre David Graeber y la deuda, la violencia estatal y el control financiero van de la mano. El petrodólar es quizá el ejemplo más perfecto de esa simbiosis: la moneda de una nación se convierte en la moneda del mundo porque el recurso más vital se cotiza exclusivamente en ella.
Cualquier intento de desafiar el petrodólar —como hizo Sadam Huseín al vender petróleo en euros en 2000, o Muamar el Gadafi al proponer un dinar de oro africano— ha sido respondido con intervención militar. La conexión entre control energético y control financiero es inseparable.
Las guerras del petróleo
La historia de las intervenciones militares de las potencias occidentales en Oriente Medio y el Norte de África no puede entenderse sin el petróleo. Aunque los motivos oficiales sean siempre la defensa de la democracia, los derechos humanos o la lucha contra el terrorismo, la realidad es que el control de los recursos energéticos está siempre presente.
Irak 2003: la guerra del petróleo
La invasión de Irak en 2003, justificada por las inexistentes armas de destrucción masiva, tuvo entre sus consecuencias más tangibles el control de los segundos mayores yacimientos de petróleo del mundo. Empresas estadounidenses como ExxonMobil y Chevron obtuvieron contratos multimillonarios tras la invasión. Paul Bremer, administrador civil de la ocupación, firmó órdenes que abrían Irak a la inversión extranjera en petróleo —algo que Sadam Huseín nunca había permitido—.
Libia: el crudo como botín
En 2011, la intervención de la OTAN en Libia derrocó a Gadafi. Tras la guerra civil, el país se fragmentó y su producción petrolera se desplomó, pero las compañías occidentales —especialmente italianas, francesas y británicas— accedieron a yacimientos que antes estaban bajo control estatal. Libia, que posee las mayores reservas de petróleo de África, pasó de ser un país soberano a un tablero de lucha entre facciones, cada una respaldada por potencias externas interesadas en el crudo.
Venezuela: la presión sobre el mayor yacimiento del mundo
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Su conflicto político con Estados Unidos ha tenido, en el centro, el control de PDVSA y la producción petrolera. Las sanciones, el congelamiento de activos y el reconocimiento de gobiernos paralelos han sido las herramientas utilizadas para intentar cambiar el control de esos recursos. Como señala el Atlantic Council, Venezuela representa un caso de «control de recursos» como elemento central de la estrategia geopolítica energética estadounidense.
El gas natural y la nueva geopolítica europea
Si el siglo XX fue el siglo del petróleo, el siglo XXI está viendo cómo el gas natural se convierte en un arma geopolítica de primer orden. Y ningún ejemplo es más claro que el de Rusia y Europa.
Durante décadas, Europa construyó su seguridad energética sobre el gas ruso. Los gasoductos —Nord Stream 1 y 2 hacia Alemania, TurkStream hacia el sur de Europa, el corredor a través de Ucrania— tejieron una dependencia mutua que, en teoría, debía garantizar la paz. En la práctica, convirtió a Europa en rehén energético de Rusia.
Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, el gas se convirtió en un arma de doble filo. Rusia redujo progresivamente el suministro a través de Nord Stream 1, y en septiembre de 2022 los gasoductos Nord Stream fueron saboteados —un acto cuya autoría sigue siendo objeto de controversia—. Europa se enfrentó a una crisis energética sin precedentes, con precios disparados, inflación y el riesgo real de apagones industriales.
La respuesta europea fue acelerar la diversificación: la construcción de terminales de GNL (gas natural licuado), la reactivación de centrales de carbón y la búsqueda de nuevos proveedores —Estados Unidos, Qatar, Noruega—. Pero la lección quedó grabada: la dependencia energética es vulnerabilidad geopolítica.
El caso europeo es un ejemplo perfecto de lo que Pedro Baños denomina la palanca económicay tecnológica de la dominación: quien controla los flujos energéticos de un país o región puede condicionar sus decisiones políticas sin necesidad de disparar un solo tiro.
La transición energética: el nuevo tablero de los minerales críticos
Si el control del petróleo definió el siglo XX, la transición energética está redefiniendo el tablero del siglo XXI. La descarbonización de la economía no significa el fin de la geopolítica de los recursos, sino su transformación. Los combustibles fósiles serán progresivamente reemplazados por energías renovables, pero estas requieren cantidades masivas de minerales específicos.
El litio —esencial para las baterías de vehículos eléctricos y almacenamiento— se ha convertido en el «nuevo petróleo». El triángulo del litio (Argentina, Bolivia, Chile) concentra más del 60% de las reservas mundiales. El cobalto, imprescindible para muchas baterías, se extrae mayoritariamente en la República Democrática del Congo, a menudo en condiciones de explotación extrema. Las tierras raras, necesarias para imanes de aerogeneradores y motores eléctricos, están dominadas por China, que controla cerca del 90% del refinado mundial.
Aquí emerge un nuevo patrón de dependencia. Así como los países productores de petróleo fueron periferia del poder occidental durante el siglo XX, los países ricos en minerales críticos —muchos de ellos en el Sur Global— corren el riesgo de repetir el mismo papel en la nueva economía verde.
China lo ha entendido perfectamente. A través de su Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative), ha asegurado acceso prioritario a minas de litio en Australia, Chile y Argentina, a refinerías de cobalto en el Congo y a la producción de tierras raras a nivel global. Pekín controla hoy el procesamiento de más del 70% del litio mundial y el 100% del grafito natural usado en baterías.
La nueva periferia energética
El patrón que describían Galeano y Quijano en nuestro artículo sobre las venas abiertas de América Latina —la división internacional del trabajo entre países extractivos y países industrializados— se reproduce en la transición energética. Los países del Sur Global extraen las materias primas; los países del Norte Global las procesan, fabrican las tecnologías y definen los estándares.
La diferencia es que ahora hay más actores en la mesa. China compite directamente con Estados Unidos y Europa por el control de las cadenas de suministro. La Ley de Reducción de la Inflación (IRA) de Estados Unidos y el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM) de la Unión Europea son instrumentos de esta nueva guerra comercial y tecnológica.
Conexión con la serie Geopolítica del Control
Este artículo es la primera entrega de una nueva tanda dentro de nuestra serie Geopolítica del Control, y se conecta directamente con varios de los temas que hemos explorado antes.
Recordemos las 7 palancas de Pedro Baños: la palanca económica es inseparable del control energético. El petróleo, el gas y los minerales críticos son la sangre que circula por el sistema-mundo. Quien controla los recursos energéticos puede condicionar economías, influir en gobiernos, financiar guerras o simplemente estrangular a un adversario sin movilizar un solo soldado.
La palanca tecnológica de Baños se manifiesta en la transición energética: quien domina las tecnologías de baterías, paneles solares o refinado de minerales críticos —como China hoy— obtiene una ventaja estratégica inmensa.
Además, el sistema del petrodólar que hemos descrito es un ejemplo perfecto de la tesis central de David Graeber: los mercados y el dinero se sostienen sobre la violencia estatal y el control político. El dólar no es la moneda del mundo porque sea la más eficiente, sino porque se impuso mediante un pacto geopolítico respaldado por la mayor maquinaria militar de la historia.
Los capítulos anteriores de la serie —Foucault y la biopolítica, Lazzarato y el hombre endeudado, Chomsky y la propaganda— nos han mostrado cómo el poder se filtra a través de la deuda, la información y la gestión de la vida. La energía es, quizá, la más tangible de todas esas palancas: sin ella, el sistema simplemente se detiene.
FAQ
¿Qué es el petrodólar y por qué es importante?
El petrodólar es el sistema por el cual todo el comercio internacional de petróleo se realiza en dólares estadounidenses. Nació de un acuerdo secreto entre Estados Unidos y Arabia Saudí en 1973-74, tras el Nixon shock. Su importancia es colosal: crea una demanda artificial y permanente de dólares en todo el mundo, permitiendo a Estados Unidos financiar su déficit con facilidad y mantener su hegemonía financiera global.
¿Cómo se usa la energía como arma geopolítica?
La energía se usa como arma geopolítica de múltiples formas: embargos (como el de la OPEP en 1973), cortes de suministro (como la reducción del gas ruso a Europa en 2022), control de rutas energéticas (estrechos de Ormuz, Malaca), sanciones a productores (Venezuela, Irán), guerras para controlar yacimientos (Irak, Libia) y acaparamiento de la cadena de suministro de minerales críticos.
¿Qué países controlan los minerales críticos para la transición energética?
China domina el refinado mundial: casi el 90% de las tierras raras, más del 70% del litio procesado y la mayor parte del grafito. Australia es el mayor productor de litio. Chile y Argentina tienen las mayores reservas. La República Democrática del Congo produce la mayor parte del cobalto, aunque China controla gran parte de la refinación y comercialización.
¿Por qué la guerra de Irak de 2003 se relaciona con el petróleo?
Aunque la invasión se justificó por las armas de destrucción masiva y la lucha contra el terrorismo, Irak posee las segundas mayores reservas de petróleo del mundo. Tras la invasión, se abrió el sector petrolero iraquí a la inversión extranjera —algo que el régimen de Sadam Huseín había nacionalizado— y las grandes petroleras occidentales obtuvieron contratos multimillonarios. Además, Sadam había empezado a vender petróleo en euros en 2000, desafiando el petrodólar.
¿La transición energética reducirá los conflictos geopolíticos?
No necesariamente. La transición energética cambiará el objeto de la competencia —de los combustibles fósiles a los minerales críticos y las tecnologías limpias— pero no eliminará la lucha por los recursos. De hecho, podría generar nuevas dinámicas de dependencia y conflicto, especialmente si los países ricos en minerales críticos repiten el patrón histórico de ser periferia extractiva sin desarrollo industrial propio.
Conclusión
La geopolítica de la energía es, en esencia, la historia de cómo los recursos energéticos han moldeado el poder global. Del carbón al petróleo, del petróleo al gas, del gas a los minerales críticos, cada transición energética ha reconfigurado el mapa del poder sin eliminar la lógica de fondo: quien controla la sangre del sistema, controla el sistema.
El petrodólar nos enseñó que el control energético y el control financiero son dos caras de la misma moneda. Las guerras del petróleo nos mostraron que las potencias están dispuestas a invadir países para asegurar el flujo de recursos. La crisis del gas en Europa nos recordó que la dependencia energética es la forma más rápida de perder soberanía. Y la transición hacia las energías limpias nos enfrenta a un nuevo tablero en el que China, Estados Unidos y Europa compiten por dominar las cadenas de suministro del futuro.
Entender el control energético es entender una de las palancas más profundas del poder global. Y quizá también el primer paso para imaginar cómo desactivarla.
Este artículo forma parte de la serie Geopolítica del Control, donde exploramos las distintas formas de dominación que estructuran el mundo. Puedes leer la introducción aquí o explorar los artículos anteriores sobre Bertrand de Jouvenel, Pedro Baños o el FMI y el Banco Mundial. Si valoras este trabajo, considera apoyar el proyecto.
📚 Libros relacionados
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- The New Map: Energy, Climate, and the Clash of Nations — Daniel Yergin
- Petrocratas: Cómo los multimillonarios del petróleo y el gas capturan la política — Daniel Álvarez
- La maldición del petróleo — varios autores
- Geopolítica de la energía — José María López Garrido
- El dominio mundial — Pedro Baños